sábado, 12 de septiembre de 2009

El paso del diablo

Misiones


La zona misionera de Santa rosa, arrasada por un tornado que mató al menos a once personas e hirió a más de cincuenta, es la imagen de la desolación. El drama de los que perdieron todo.


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Por Gastón Rodríguez
gastonr@revista7dias.com

Cuando el cielo se cerró en menos de lo que tarda un pestañeo, José supo inmediatamente que la mano venía “fulera”. Se aseguró que su mujer y los tres chicos no salieran de la pieza y que la única ventana de la casa tuviera la traba puesta. Luego se ocupó de entrar al perro y de rezar en silencio.

Los primeros en caer derrotados por el feroz ataque del viento fueron los postes de alta tensión cuya pérdida bañó de una oscuridad fatal al pequeño paraje Santa Rosa, ubicado a unos 270 kilómetros al nordeste de Posadas, en Misiones. Allí, entre la lluvia y el pánico, los humildes pobladores de la zona fueron testigos de las peores imágenes del horror. Volaron techos, pero también casas enteras, de cuajo. La desesperación de perderlo todo. Inclusive el sentido de la vida. “A una madre, el viento le arrancó de los brazos a su beba de seis meses. Cuando la encontró entre los escombros ya estaba muerta”, relata un vecino del lugar que, por más que le expliquen, jamás entenderá el significado de la palabra clemencia.

Los números dan escalofríos. El impiadoso temporal que en la noche del martes arrasó con todo lo que encontró en su camino dejó el triste saldo de al menos once muertos con un macabro detalle: ocho eran niños en edad escolar. Más de medio centenar de personas resultaron heridas, muchas en grave estado, y aún hoy más de cien familias provenientes de las zonas afectadas permanecen evacuadas después de haber perdido las ganas y las esperanzas. Todos esperando un milagro que, en el mejor de los casos, ayude a paliar tanto dolor suelto.

Caminar el día después del azote climático por las calles embarradas de Santa Rosa es un Vía crucis de lamentos y llantos. Una zona de posguerra que intenta con mucho sacrificio ponerse de pie luego de los bombarderos. En aquel paraje escondido en el corazón de la mesopotamia la mayoría de sus 3.000 habitantes viven de lo que les da la tierra a cambio de su honesto e incansable trabajo. El cultivo, la forestación y la cría de animales son el sustento de estas familias acostumbradas a hacer mucho con muy poco. Ver a los dueños descolgar de las ramas de los árboles a sus vacas, cerdos o gallinas es una escena dantesca no apta para cualquiera aunque todavía queden infiernos peores: “Una familia encontró a dos de sus hijos, de 6 y 8 años, despedazados; sólo pudo rescatar con vida al tercero, que había quedado colgado de un árbol”, cuenta un baquiano de mil batallas que no puede ocultar las náuseas al relatar aquella imagen imborrable.

desastre. Además de Santa Rosa y Tobuna, epicentro del desmadre meteorológico donde se registraron vientos que superaron los 200 kilómetros por hora, la región afectada resulta bastante amplia y comprende también los parajes de Pozo Azul, Los Polvorines, Progreso y Macaca. Incluso, el fenómeno traspasó las fronteras del país y se extendió hasta el sur de Brasil, donde causó cuatro muertes, y a Paraguay y Uruguay, donde también hubo destrozos de considerable magnitud.

"Nunca en mi vida vi una cosa así". Esa escueta pero sincera definición fue la elegida por Maurice Closs, gobernador de Misiones, para referirse al dramático espectáculo montado frente a sus ojos. Autoridades provinciales y nacionales, con la presidente Cristina Fernández, viajaron al lugar para intentar llevar algo de calma a las víctimas. Los socorristas, al evaluar las consecuencias del tornado o de la fuerte tormenta -aún los especialistas no pudieron determinar de qué fenómeno se trató– la comparan con la "última tragedia que vivimos los argentinos en Tartagal".

El feroz temporal comenzó a desatarse cerca de las nueve de la noche del martes, aunque hasta ese momento no se diferenciaba de las habituales tormentas que tienen lugar en esa región subtropical de la Argentina. Sin embargo, según el relato de los testigos, en poco menos de diez minutos “el cielo se vino abajo” y las violentas ráfagas de viento transformaron la zona en “un desastre”. Tanto que la única escuela quedó completamente en ruinas, derribando también los sueños de centenares de chicos.

A pesar del consejo de bomberos y socorristas voluntarios, José sigue buscando entre los escombros alguna chapa sana que le permita devolver a los suyos el techo que la furia de la naturaleza le quitó. Pero José nunca escuchó hablar de fenómenos meteorológicos o de cambios climáticos por el calentamiento global. Y no le importa porque él sabe muy bien quién tiene la culpa de todo. "Por acá pasó el diablo", revela sin más, y ninguno que vea lo que él ve se animaría a contradecirlo.

Fotos: Presidencia de la Nación y 7 DÍAS.


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