Todo (y nada) cambia
Habitante de un barrio privado, la escritora realiza una nueva lectura de ese estilo de vida. Las normas, la seguridad, los casos Dalmasso y García Belsunce, el discurso político. Y el miedo como constante.
Foto: Ezequiel Torres
Una novela que vende más de 150 mil ejemplares no necesita presentación. Menos si se estrena la versión cinematográfica, dirigida por Marcelo Piñeyro. Las viudas de los jueves, novela ganadora del Premio Clarín 2005, llevó a Claudia Piñeiro a la lista de escritoras best seller. El texto retrata con crudeza la vida en los countries durante los ’90, casi un anticipo de lo que la sociedad empezó a descubrir con las muertes de María Marta García Belsunce y Nora Dalmasso. A cuatro años de la publicación, Piñeiro sostiene que si bien cambió la percepción política de los habitantes de esos barrios, el miedo sigue existiendo. Una nueva lectura de un estilo de vida que también ella eligió practicar.
La obra habla de los límites establecidos en los barrios privados creados durante el menemismo, cuando la convertibilidad impulsaba a creer que la bonanza económica no tenía límites. También refleja vivencias sórdidas, como las que rodearon las muertes de García Belsunce y Dalmasso, aunque Piñeiro comenzó a escribir la novela ocho meses antes de la primera de esas muertes.
“Quise abandonar el proyecto porque temía que se lo relacionara con el caso. Pero Guillermo Saccomanno me dijo que con el paso del tiempo mi novela iba a estar publicada y no íbamos a saber qué había pasado en el caso Belsunce . Luego se agregó la muerte de Dalmasso. Y sin que se parezcan con los hechos de la novela, el contexto en el que se dan los crímenes es similar, en cuanto al concepto de tapar u ocultar y de quedar como hasta ahora impunes”, reconoce la escritora. En Las viudas..., la acción se desarrolla en el barrio privado “Altos de la Cascada”.
El título hace referencia a las mujeres que ese día de la semana quedaban solas porque sus maridos se reunían sin esposas ni empleados. Y rozando el género policial agrega muertes y sospechas.
Nacida y criada en la localidad bonaerense de Burzaco, a fines de los ‘90 Piñeiro se mudó, junto a sus hijos y su marido, a un barrio privado que empezaba a construirse cerca de la Panamericana. Con el paso de los años hizo una segunda lectura y descubrió que detrás de los muros existía una elite social en alza que miraba sólo puertas adentro, por miedo a ver el afuera y con la sola intención de borrar u ocultar el pasado. “Empezaron a haber cada vez más barrios privados. Sobre todo cuando los medios empezaron a batallar el tema de la inseguridad”, recuerda, y señala que “durante los ‘90 se quebró la ilusión de esas familias, que creían que el dólar siempre iba a valer un peso.
Esa pérdida es evidente en los personajes de la novela, que llegan a la crisis de 2001 sin haber entendido que todo señalaba ese final. Hoy estamos un poco más alertas. Cambió el discurso hegemónico del poder. En los ‘90 era difícil que estas personas dijeran que no creían en el modelo económico, mientras que en la actualidad hay muchos más discursos y modelos de país”.
Pasaron ocho años de aquella crisis que cambió la percepción de la realidad, con excepción del tema inseguridad: “El miedo sigue existiendo, la mayoría de los medios ha instalado la idea de que hay que protegerse del otro, de los drogadictos descontrolados. Eso construye la falacia de que mucha gente quiera vivir encerrada. La Nación por primera vez tituló en tapa ‘La violencia social y el delito son fruto de la desigualdad’. Al fin publican algo así. El contrato social se fracturó hace mucho tiempo”, afirma Piñeiro, quien además de ser contadora trabajó como periodista, dramaturga y guionista de televisión.
Una afirmación que ya deja traslucir en su novela, sobre todo en los pasajes donde los chicos de “Altos de la Cascada” se preguntan qué es el afuera y dudan entre salir o no. Para elaborar el texto se basó en sus vivencias cotidianas en un barrio similar: “Quería contar esa década, me sentía una espía. Y que mis vecinos nunca me objetaran nada al respecto se debe, seguramente, a que la novela fue elegida por José Saramago, Rosa Montero y Eduardo Belgrano Rawson. Si hubiera ido a una editorial cualquiera a lo mejor hubiera sido más criticada –reflexiona–. Algunos me preguntaron por qué no había contado las cosas lindas de vivir en un lugar así, pero yo no estaba vendiendo terrenos”.
–¿Hay cosas lindas para contar?
–Sí, los árboles, los chicos jugando al aire libre. Hay una realidad: los que alguna vez vivimos en un barrio, añoramos ese estilo de vida que hemos perdido, en el que se podía volver a cualquier hora sin tener miedo. Lo más interesante de vivir en un lugar así es poder relajarse, al menos en eso. Pero de nada sirve si no sabemos lo que está pasando afuera.
La cuestión es querer saber. Y no todos lo desean. De hecho, los personajes de la novela manipulan la memoria, propia y ajena, porque según Piñeiro “ese tipo de lugares permite olvidar el pasado. Las personas cuentan lo que quieren y eso también habilita a que convivan toda clase de personajes”. Aspectos determinantes de que se lleve “bastante mal” con los límites de un barrio privado: “Me perturban las normas que hay adentro, que parecerían estar por encima de la normativa vigente; que algunos vecinos se constituyan en un tribunal que se arroga la posibilidad de juzgar determinados hechos, algo que es propio de la Justicia. Por más que lo haya votado una asamblea de 150 socios. Cada año las normas de seguridad se van exagerando hasta la locura”.
–¿Por ejemplo?
–En la calle se puede andar con un auto que tenga el guardabarros roto. En el country no.
Más allá de estas particularidades, en el barrio donde vive Piñeiro no hay discriminación, una actitud que en la novela tiene presencia central. “Pero es común en la mayoría de los countries, que no aceptan personas de la colectividad judía y hacen lo necesario para que no adquieran una propiedad, y tampoco les agrada que vivan futbolistas o políticos”, aclara.
Para Claudia Piñeiro el éxito de Las viudas de los jueves se debe a que “la novela vino a contar lo que la gente estaba esperando que le cuenten. Los de adentro, los de afuera o ambos. Si no, no me explico el recorrido que está haciendo, aunque todo es relativo”.
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